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El tiempo de Virgilio

Conocí a Virgilio cuando era un cachimbo en la universidad, vestía pantalón ancho con bolsillos grandes y polo extra largo como los raperos, un estilo skater. Coincidimos en las aulas y nos hicimos buenos compañeros de estudios. La verdad, éramos relajados. Se había matriculado en Derecho; yo en Comunicaciones. Él, de la clase acomodada, del colegio Augusto Weberbauer donde sales hablando alemán y vivía en la zona “pituca” de Lima; yo de una picante zona de Barranco, y algo me decía que por mi aspecto no tan usual entre el estudiantado le caí bien – un moreno pelucón como René Higuita desubicadazo entre los estudiantes de otro rango económico. Nuestras conversaciones veloces fueron sobre Alianza Lima, y la cultura del skate, sacar la vuelta en cuatro ruedas fugitivas con una tabla es hasta ahora lo máximo en la chiquillada.  Porque Virgilio fue un skater de los bravos. De esos que se lanzaban en la hondura espacial de las rampas y al filo de calles pedregosas. A lo que voy, sin mucho floro: Virgilio siempre fue un diferente, temerario y arriesgado. A diferencia de algunos universitarios que se tapaban la nariz, los temas superficiales fueron los menos apetecibles para él que, bien plantado, atraía a las muchachas como un panal a las abejas, y también por su personalidad contemplativa, como en un estado de gracia sonriendo con sabor a triunfo. Para nada me iba a imaginar que sería el mejor chef del mundo, aquel muchachito que no sabía aún su destino, pues estaba en la facultad de Derecho y con un pesar de hacer las cosas seguramente impuestas por la sociedad o la familia, qué sé yo, dio la vuelta el partido y se fue a cazar su pasión: la cocina. Después le perdí el rastro.  Supe que fue a Colombia, en su propia aventura culinaria, aprendiendo y viajando y cocinando con nuestra enorme gastronomía por el mundo, el mismo que lo elige hoy el chef número uno – el Chef Choice Award, y el Perú, en medio de las inundaciones y las olas tempestuosas de Odebrecht, tiene un orgullo que hace contrapeso, el que florece en la era pos Acurio, la nueva generación es el tiempo de Virgilio, sin lugar a espantos. Un peruano que jamás dejó de explorar y encontrar nuevas rutas culinarias y que arriesgó y ganó, colocando la bandera rojiblanca en lo alto.

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