Menu

El último escape de Alan García

A los periodistas no nos toca guardar el duelo callado de los familiares, tampoco ser megáfonos irracionales entre martirologios y acusaciones irresponsables de fascismo al gobierno (M.Balbi, Althaus, M. Garrido Lecca); el hiato de dolor se respeta, pero nos debemos a las palabras urgentes de interpretación que solicita la ciudadanía; este giro de timón que nos replantea el escenario político es el caso, un suicidio que huele a escape y la impotencia de quienes percibimos que la sangre derramada es, además de Alan, el de la impunidad.

Nadie que busque justicia puede celebrar la muerte de Alan. Nos aventuramos a dar la explicación racional siendo lo menos efectista y generadora de odio, y disculpen si se roza los alcances éticos y personales que atañe cualquier suicidio. No es la intención de esta columna.

Comenzaremos diciendo que el descrédito de Alan García es tan insondable que muchos no creen decididamente en su muerte debido a las últimas conductas por evadir la justicia del dos veces presidente de la república. Ahí no puede haber honor, mucho menos dignidad, salvo para los cercanos que urgen cualquier explicación legendaria para dar un sentido al final de unos de los políticos más hábiles del Perú. En las redes sociales, al menos, circula material que refuerza – débilmente, esta teoría. Lo cierto es que Alan muerto está, la autopsia rubricada por los médicos legistas de trayectoria refuerzan junto a las reacciones de la sentida tristeza, familiar, amical, y militante.

Vamos a dejar pasar la cuestión histórica de su paso por el poder, los triunfos y derrotas de un hombre astuto y educado para los réditos políticos; nos concentramos en una de las características que no lo abandonaron, su lado más polémico, la sagacidad para sortear con múltiples maniobras las investigaciones judiciales. Queda claro que la muerte no lava a un personaje que estaba bajo una de las investigaciones más importantes de corrupción latinoamericana, y que el juicio de la historia es algo que no podemos manejar, no ahora, como para nombrar su dictamen. Queda claro que cuando se fue, su entorno fue acusado de recibir más de 30 millones de dólares, notificado por la Fiscalía y con dos policías para detenerlo. Los imbéciles se encargaron de demostrarlo, en palabras suyas.

Somos testigos de un aparato mediático virulento de algunos operadores y periodistas con vitrina que hasta nombran desacertadamente un heroísmo civil o inmolación. Esa sería la primera de las respuestas, también débil, de las que ya estamos acostumbrados por las filiaciones no éticas. Me disculparán, pero ni Yukio Mishima, José María Arguedas, Kurt Cobain, estaban perseguidos por la policía judicial en el momento del ajuste. El suicidio de Alan García se encuentra más emparentada con una página de policiales de Pablo Escobar que los laureles de la trascendencia épica de algún pedestal por alguna utopía. Si los correligionarios apelan a un gran ideal, esta máxima propaganda aprista se queda en lo folclórico, o al menos no se tiene claro cuál es. ¿Uno se mata por no salir en la foto enmarrocado para no darle gusto a los adversarios políticos? Pensé en algo más elevado siendo Alan ¿El cadáver es señal de desprecio a los enemigos? Parece sacado de un libro básico de primaria. Las instituciones se respetan, es lo que corresponde a un llamado demócrata. No estamos en una guerra; tampoco en una dictadura; mucho menos los chilenos llegaron a Lima en un salto para atrás. Hay una desproporción de la causa efecto que solo la mente de Alan García despide.  Era la policía que llamaba a la puerta por cargos de la justicia. Siendo Alan el hombre inteligente que decían, pudo trazar varios escapes, varios escenarios, pero se cerró en una, la más desesperada. ¿Terminó en la locura del Bonaparte, Alan? ¿Pudo salvarlo su abogado o secretario, o sus congresistas o sus amigos? Respuestas que nunca hallaremos.  El periodismo sirve para poner las barbas en remojo, hacer caer mentiras y propaganda, y solo por ello nos acercamos a estos límites de una decisión personal a contraposición de la propaganda política coronando irresponsablemente el suicidio como una forma de afrontar la justicia en un estado de derecho.

Se puede quitar la vida uno por una enfermedad terminal, por una utopía, por una angustia existencial, por una escasez económica, saltando las diversas patologías y posibilidades, pero, por la foto de verse con esposas en las manos y siendo trasladado por diez días a la carceleta, queda muchas dudas. No de un tipo inteligente como Alan. Porque, sencillamente, verse detenido preliminarmente no te dice que eres culpable. No te dice que pasarás 36 meses encerrado. En cambio, si sabes lo que hiciste, y que te descubrieron, nada puedes hacer para evadir la cárcel. Salvo la muerte.

Pero sí, su determinación sí puede ser explicada por una seguidilla de hechos (facts) que desencadenaron su muerte, una decisión que no se puede juzgar, pero sí trazar un mapa de consecuencias donde el verdugo iba a ser él mismo.

Quizá, el más notorio, es que el periodismo de investigación y las delaciones desde Brasil le pisaron los talones, al ser acusado por Jorge Barata, él y su exsecretario Luis Nava, como receptores de dinero, juntándose con las cuentas de Andorra, donde su amigo cercano Miguel Atala fue indicado com0 el operador. Un poco antes, el asilo negado de Uruguay reforzando que en el Perú no había persecución política y que era un país democrático y respetuoso de sus instituciones, al igual que la autonomía de la fiscalía que investiga los casos de corrupción con la empresa Odebrecht. La verdad es que nadie creía en Alan. Sus apariciones en los medios, cada vez más desequilibradas (Demuéstremenlo, pues, imbéciles), y temblando sus maxilares, al momento de hablar, evidencian que no era el mismo Alan, ese encantador de serpientes. Era el pánico, la ansiedad, la bipolaridad, y quizá la medicación ausente.

Alan se alejó de todo, no por su vanidad. Tampoco por verse derrotado. Mi hipótesis es que Alan se quitó la vida porque no quería presenciar los efectos de la contundencia de las delaciones desde el Brasil.

Alan García jugó la última carta para la prescripción de los cargos usando la violencia contra su existencia. Sacó el AS del Joker en una colt 38. Hizo lo que ningún demócrata haría cuando las papas queman. Veía su suicidio desde vista de pájaro, como le gustaba ver las cosas, quizá, o fue un arrebato con la ira de la patada a Lora al ver que Jorge Barata habló la verdad y que Nava no callaría.

Murió en bonanza, con propiedades encargadas y una notificación de arresto por Lava Jato. La cárcel era igual a la muerte producto de la corrupción de su segundo gobierno. Se quitó la vida al ver que no pudo escapar de unos fiscales que pasarán a la historia por combatir a la clase política dominante en los últimos treinta años. Y ese fue su último gran escape.

 

Sin comentarios

Agregue un comentario

Malapalatuber