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La música sin fin de Chris Cornell

El cuerpo de Chris Cornell permanece aún tibio mientras escribo estas amargas líneas. Todos pensábamos que llegaría a viejo en una silla mecedora cantando Black Hole Sun con la guitarra en una casa rural de Seattle, nadie iba a imaginar que se quitaría la vida trayendo automáticamente el recuerdo de Cobain. Una vez más, la violencia del silencio cayó como un telón de plomo noqueando las jóvenes cabezas de las últimas generaciones. Más vívido en los chicos de los noventas, claro está.

Porque los que amaron el grunge en la década oscura con tintes de MTV, y otros más que lo supieron valorar con Audioslave aún no pueden creer que él dejó esta vida con decisión. Nadie puede juzgar a Cornell; es como los grillos que se dejan de escuchar en el jardín, así de simple y bello y solitario en una noche. La generación X resucitó con una tragedia y no es fácil reponerse al desaparecer una de las voces más poderosas que jamás se haya escuchado en la historia del rock. Juicios y detalles del desenlace son ociosos, ahora nos toca subrayar su legado.

Porque en mis años universitarios la música de Soundgarden no era precisamente lo que señalaba su nombre, todo lo contrario, un grito bello de dolor superando la distorsión de las guitarras para hacer la vida rebelde extendida al máximo, con desazón y dejadez como actitud. Porque el arte tiene esa cosas que puede exhalar tristezas causando el efecto contrario, las ganas de vivir, seguir en la marcha del respiro. Y muchos sentimos eso con la voz de Cornell, y es la gran contradicción con su desaparición.

Soundgarden siempre fue una maquinaria de emociones, la artillería musical, entre el Heavy Metal, el Punk Rock, Hard Rock, sicodelia, hilaron fino el nuevo sabor del rock noventero (el grunge); el exotismo minimalista de Kim Thayil, el bajo portentoso acelerado de Ben Shepard y Matt Cameron en su batería de eclosión combinado con el aullido y graves dominados de Cornell: la desilusión tras los baby boomers es la bandera nihilista en un rumbo de eterno retorno; lo positivo es que Soundgarden murió de pie, tocando, en circuito y vigente, pudo resistir hasta el último momento en el que su comandante agarró la palanca y se fue a buscar otra razón fuera de toda lógica pasando la zona de minas. Un The Day I tried To Live selló el silencio, un Fell on the Black Days se encriptó abriendo los cielos y agujeros de soles que lanzaba su voz.

Al momento de confirmada la noticia hice un flashback. En el  2014, hace tres años en Lima conseguí a duras penas algo de dinero para entrar al Nacional y ahí estaba el mítico cantante de Soundgarden, el mismo de los noventas en el estadio del coloso peruano, lo encontré tocando su Jesus Christ Pose y su voz no había cambiado, más que eso lo que producía en vivo era una electricidad que te paralizaba, nuevamente la maquinaria del jardín nos hicieron volar y olvidar el tedio local. Eran como tres bandas en una sola.

Y se me ocurre otro flashback, había encontrado una joya en un rincón de la tienda de un metalero cuando llegaba a las galerías Brasil para conseguir el UltraMega OK, valorado en mis estantes viejos de un departamento vacío y cuando andaba deprimido me sacaba del hartazgo. Era el espíritu soundgardiano.

Mientras tanto acabo este escrito encuentro la vieja guitarra que está con dos cuerdas rotas. Recién había puesto la internet por falta de pago. Mi celular no funciona. Muere Cornell. Fin del día, fin de una generación.

 

Luis Torres Montero.

Director de Malapalafaiter.pe

 

 

 

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